Porque no eran simples prostitutas-victimas y clientes-victimarios: las prostitutas como símbolo de las más bajas pasiones de sus clientes los convertían, al contrario de lo que podría pensarse, en seres extrañamente asexudos: el sexo mismo, centro aparente del prostíbulo, era una mascara de lo que realmente estaba sucediendo: la posibilidad garantizada de la satisfacción del deseo casi siempre latente de los clientes a través del simple intercambio monetario les permitía dejar a un lado aquella parte de sí mismos que sólo puede ver en una mujer un objeto. Sin miradas lascivas, bailando sobre la pista, exigiendo un refreno de las pasiones que a todos nos parecía natural (salvo A. quien, supongo que más consecuente que los otros respecto al lugar en donde se encontraba, sí parecía seriamente excitado), el rito se llevaba a cabo. Los clientes del lugar no estaban buscando una relación sexual con un objeto que sus prejuicios requerían fuera un cuerpo humano femenino sino que buscaban su propia humanidad y la humanidad de las prostitutas. Más allá de que la soledad de una persona siempre es una imagen triste y grotesca, los clientes parecían redimirse como seres humanos capaces de ver mucho más allá de sus deseos no debidamente satisfechos -el origen de lo que a finalmente de cuentas hace a los prostíbulos lo que son- reflejados en un solitario televisor donde un negro con la monda gigante se comía de todas las maneras posibles a una mujeres de rasgos asiáticos y a una rubia con los senos gigantes.
No vimos a ningún cliente llevarse a ninguna de las prostituías a los cuartos.
miércoles, enero 31, 2007
Un prostíbulo de mala muerte
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

1 comentario:
Que quede claro que con A. no se refiere a mi. Cuando me voy de putas, prefiero hacerlo en lugares dónde, en lo posible, haya travestis, sadomasoquismo, homosexuales e incluso niños.
Publicar un comentario