
Para ser más calmado y dueño de ti mismo
aprende a aprovechar el silencio y la soledad
Hace un tiempo leí unas páginas sobre un pintor de nombre de Chirico. El pintor, claro está, es muy famoso. El libro, que creo se llamaba Metafísica esclarecida, daba cuenta del estilo de dicho pintor. La idea, de sencillez abrumadora, era tratar de generar la misma sensación de sorpresa y placer en el espectador que tendría una persona que llegara a nuestra cultura desconociendo todo de ella -desconociendo todos sur normatividades y aquello que ante nuestros ojos es natural. Si no recuerdo mal, sus pinturas trataban de permitir a los espectadores, a través del violentamiento de dichas normatividades en la realidad del cuadro, reemplazar su visión del mundo por una mucho más ingenua que le permitiera descubrir la maravilla y quizá la locura del mundo que vivimos.
Ese día me pareció un milagro que el agua cayera del cielo, tanto como sería un milagro que cayera cualquier otra cosa. Pero me pareció, gracias a esto, absolutamente grotesco el hecho de que se cobrara por ella, a pesar de que esta llega a nosotros como un regalo o un don.
El ejercicio de aprender a ver, de fijar la atención sobre hechos normales que pertenecen a nuestra cultura no requiere de la exploración de nuevas realidades. Al contrario si uno advierte con cuidado lo que sucede a su alrededor no tiene más posibilidades que la de sorprenderse. Quizá la existencia de vaca de una persona en un bus; gorda, de cabeza grande, rumiando su comida, con la mirada vacía y estúpida del ganado. O el comer una hamburguesa en una calle que siempre se cruza pero que ahora parece pertenecer a otro mundo y escuchar como dos obreros cuentan que quien hace el guarapo que toman afirma utilizar ocho días la misma ropa interior y luego utilizarla como ingrediente, mientras uno de los obreros recuerda entre risas que en su época de panadero se sonaba con la masa del pan.
El epígrafe que inicia este post lo copié de una pequeña hoja en donde A. -ser extrañísimo, roído por las más sucias pasiones y los más puros sentimientos- lo había copiado por su cuenta. En la hoja estaba escrito el correo de la mujer a la que es capaz de cantarle canciones, de regalarle Moritas, de buscarla a diario. Y allí esa frase: "para ser más calmado y dueño de ti mismo aprende a aprovechar el silencio y la soledad", que, me explicó, encontró escrita en un prostíbulo al que visitaba, como -imagino- visitaba tantos otros prostíbulos.
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"Cada vez que María se aproximaba a mí en medio de otras personas, yo pensaba: "entre este ser maravillloso y yo hay un vínculo secreto", y luego, cuando analizaba mis sentimientos, advertía que ella había empezado a serme indispensable (como alguien que uno encuentra en un isla desierta) para convertise más tarde, una vez que el temor de la soledad absoluta ha pasado, en una especedio de lujo que me enorgullecía, y era en esta segunda fase de mi a mor en que habían empezado a surguir mil dificultades; del mismo modo que cuando alguien está muriendo de hambre acepta cualquier cosa, incondicionalmente, para luego, una vez que lo más urgente ha sido satisfecho, empezar a quejarse crecientemente de sus defectos e incovenientes. He visto en los últimos años emigrados que llegaban con la humildad de quien ha escapado a los campos de concentración, aceptar cualquier cosa para vivir y alegremente desenpeñar los trabajos más humillantes; pero es bastante extraño que a un hombre no le baste con haber escapado de la tortura y la muerte para vivir contento: cuando empieza a adquierir nueva seguridad, el orgullo, la vanidad y la soberbia, que al parecer habían sido aniquilados para siempre, comienzan a reaparecer, como animales que hubieran asustado; y en cierto modo a reaparecer con mayor petulancia, como avergonzados de haber caído hasta ese punto. no es díficil que en tales circunstancia se asista a actos de ingratitutd y de desconocimiento.
Ahora que puedo analizar mis sentimientos con tranquilidad, pienso que hubo algo de eso en mis relaciones con María y siento que, en cierto modo, estoy pagando la insensatez de no haberme conformado con la parte de María que me salvó (momentáneamente) de la soledad. Ese estremecimiento de orgullo, ese deseo creciente de posesión exclusiva debían haberme revelado que iba por mal camino, aconsejado por la vanidad y soberbia".
El túnel.

2 comentarios:
Dios sabe que esa A. no es la A. de mi nombre.
Nice post.
Es realmente encantadora tu percepción de la realidad.
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