(...)
Y de pronto intuyó que aquello comenzaría, con invencible fuerza, pues nada podía frenarlo una vez iniciado. No se trataba de algo horrendo, no aparecían mounstruos. Y sin embargo le producía ese terror que sólo se siente en ciertos suñeos. Poco a poco fue dominándolo la sensación de que todos empezaban a ser extraños, algo así como lo que se siente cuando se ve una fiesta noctruna a través de una ventana: los vemos reírse, conversar, bailar, en silencio, sin saber que alguien los está observando. Pero tampoco era eso axactamente: quizá como si además la gente quedara separada de él no por el vidrio de una ventana o por la simple distancia que se puede salvar caminando y abriendo una puerta, sino por una dimensión insalvable. Como un fantasma que entre personas vivientes puede verlos y oírlos, sin que ellos lo vean ni lo oigan. Aunque tampoco era eso. Porque no sólo los estaba oyendendo sino que ellos lo oían a él, conversaban con él, en ningún momento experimetaban la menor extrañeza, ignorando que el que hablaba con ellos no era S., sino una especie de sustituto, una suerte de payaso usurpador. Mientras el otro, el auténtico, se iba paulatina y pavorosamente aislando. Y que, aunque moría de miedo, como alguien que ve alejarse el último barco que podría rescatarlo, es incapaz de hace rla menor señal de desperación, de dar una idea de su reciente lejanía y soledad.
Abbadon el Exterminador
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Alguien sería tan amable de prestarme "El almuerzo desnudo" que estoy que me lo leo hace como un año.
sábado, febrero 04, 2006
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