miércoles, febrero 01, 2006

Coño; no era mentira

Creo (hasta cierto punto) que frases como "vivimos en mundos muy distintos" o "cada uno tiene su propia realidad" son falacias bobas que arguye gente sin imaginación para excusar muchas de sus conductas reprobables. Sin embargo, esta mañana me levante temprano para estudiar la Física de Aristóteles y después de una hora de tratar de entender algo, baje a tomarme un vaso de agua. Mientras tanto escuche que hicieron una redada en la zona rosa y encontraron que muchas personas empezaban a actuar como traqueto por el sólo placer de hacerlo. Andan en carros blindados con un motón de escoltas armados hasta los dientes, y lo peor, muchos de ellos no han adquirido su bienes gracias al narcotrafico o actividades afines -esto último al punto de que muchos de los escoltas eran escoltas estatales.

Hace poco escuche o leí que una medida importante para determinar qué tan bien un antropologo ha entedido la cultura que estudia (en el caso de estudiar una cultura distinta a la propia) es el grado de fluidez con que puede actuar dentro de ella. Si las ciencias humanas se ocupan de tratar de enteder el conjunto de convenciones que riguen a una comunidad y el antropologo sólo podra actuar como un miembro de ella en la medida en que conosca tales reglas, resulta claro que la naturalidad con la que el antropologo actue es una buena señal de qué también está llevando a cabo su tarea. Uno sólo puede actuar con fluidez en una comunidad en la medida en que conozca tales leyes. Imagínese a alguien que desconociera por completo los significados de muchas de las conductas de nuestra sociedad, alguien que no diera la mano, que se despidiera de beso de todos los hombres, etc.. Pero ¿tendría yo algún grado de fluidez con los dichos traquetos? ¿Hablaría el mismo idioma que ellos? Claro, muy probablemente los dos compartimos un lexico relativamente similar y seguramente las mismas reglas grámaticales y sintácticas. Pero esas reglas sólo constituyen un esqueleto del lenguaje; hablar una lenguaje (ser parte de una comunidad lingüistica) es seguir una infinidad de reglas infinitamente particulares. No tutear a todas las personas, no utilizar ciertos tonos en ciertos contextos, etc.. Una noción así corre el riesgo de volverse trivial (habría infinitas comunidades lingüisticas, dado que muchas veces seguimos reglas bien definidas para hablar con cada personas en particular). Sin embargo ¿no es verdad que no hablamos igual con todo el mundo?

El mundo humano no está constituido por objetos físicos; uno no vive en un mundo de átomos organizados de cierta manera. Uno vive en un mundo de libros, de computadores, de buenos y malos actos y demás categorías configuradas por nuestras creencias e intereses. Son ese tipo de interprataciones sobre la realidad las que constituyen las reglas que el antropologo debe enteder; el antropolo debe dejar de vivir en un mundo de indigenas que gritan enloquecidos alrededor de una fogata para vivir en un mundo de personas que le rezan a Dios. El traqueto y yo ni siquiera vemos lo mismo.

Así que finalmente me imagine a mí mismo sentado sobre el escritorio de mi cuerto leyendo en silencio Aristóteles y al mismo tiempo me imagine a uno de esos tipos en un chuzo en la 93 más drogado que el perro con un montón de prepagos al lado. Coño que entedí que existen mundos aparte. Que gran parte del sogiego que uno puede llegar a encontrar en la vida es tener un mundo propio; poder estudiar Aristóteles mientras se está viendo como la realidad está en permantente desmoronamiento... Creo que si hay algo parecido al amor es eso; encontrar un poco de sosiego al tener un mundo común con otra persona, lleno de significados y rutinas compartidas. Poder cambiar del mundo propio de miseria y soledad, de paisajes desolados y vilezas -las propias y las de los demás, pero sobre todo las propias-, a uno compartido -al menos por unos intantes, al menos en algunas ocasiones-, teñido, extrañamente, por algo parecido a la felicidad.

1 comentario:

aponte dijo...

uhmmm, lo que sumerce mande