sábado, septiembre 27, 2008

Sobre salmones, polillas y cazadores

Esta es la ponencia que voy a leer en la copa UEFA de los seminarios de filosofía en Colombia, el cogreso de medellín. Sería cheveré recibir opiniones.


Formas alternativas de percepción: el sentido del olfato

Por: Eduardo Aponte

Introducción

Las propagandas engañosas no se dan sólo en las promesas de Ipods que invaden la Internet; he elegido un título que parece prometer algo como una extensa discusión del sentido del olfato como un medio alterno para la percepción. Solamente la frase formas alternas de la percepción es ya presagio de mi engaño: dicha frase procede de un famoso ensayo de Aldoux Huxley dedicado a hacer una apología del uso de drogas alucinógenas, entre ellas, la mezcalina[1]. Nada ni remotamente similar será objeto de examen en esta ponencia. Comparto, no obstante, la misma estrategia de cierta clase de promesas engañosas, en las cuales lo prometido es dilatado mediante condiciones y caminos difíciles para evitar el cumplimiento. Esta estrategia no ha sido ni mi invención, ni la de un pérfido publicista anónimo de Internet, sino que nos acuerda de las diez pruebas del héroe mítico, Hércules. Usando esta inexacta referencia a la mitología griega a modo de excusa -sin ocultar mi falta de vergüenza- les diré que optaré por esta estrategia para llegar a mi tema prometido: el olfato como un modo de percepción –en un sentido que explicaré después- alternativo.

Quiero advertir en todo caso que, a pesar de que he elegido la misma estrategia, yo sí cumpliré –voluntariamente- mi promesa. Antes de hablar del olfato me detendré en una reflexión sobre los modos de representación del espacio y en la relación de éste con el pensamiento y el lenguaje. Después de cumplir esas dos condiciones hablaré sobre el sentido del olfato y cómo nos da pistas sobre la posibilidad de un modo, a mi parecer, radicalmente distinto de percepción al comúnmente tematizado en la filosofía. Les pido entonces paciencia.

1. Espacio objetivo y subjetivo

En la literatura sobre orientación espacial se mencionan comúnmente dos modos generales de representación complementarios del espacio: una representación egocéntrica o subjetiva y una alocéntrica u objetiva. Estos modelos de representación parten de la suposición general de que la posición de un objeto en el espacio está definida por dos ingredientes o una mezcla de éstos: una relación de orden entre dos o más puntos y una relación que llamaré, por razones obvias, de dirección entre dos o más puntos. Esta manera abstracta suena un poco complicada, así que volvamos a casos puntuales.

Supongamos que usted está en el centro de la Plaza de Bolívar en Bogotá y usted se pregunta dónde está la Alcandía. Normalmente usted requiere al menos dos datos para resolver este problema (aunque por razones prácticas en muchos contextos sólo se conoce uno de éstos): a qué distancia está la Alcaldía de, por ejemplo, su posición actual. Esto corresponde a la relación de orden mencionada anteriormente.

La segunda se trata simplemente de la dirección en la cual se encuentra la Alcaldía. Una opción para definir la dirección de ésta puede ser utilizar las coordinadas naturales del propio cuerpo. Si frente a usted está el palacio de justicia entonces la Alcaldía está a su derecha. Un medio más sofisticado es utilizar un sistema de coordenadas objetivo como las coordenadas magnéticas, en cuyo caso la posición del objetivo será simplemente “oriental”. Valga resalta que para ello se requiere definir dos puntos: la alcaldía y uno respecto al cual se puede afirmar “oriental”, para nuestro caso, el centro de la Plaza de Bolivar.

El contraste entre una representación del espacio alocéntrica y una egocéntrica radica precisamente en la elección de los puntos y tipos de sistemas de coordenadas con los cuales se define la posición de un objeto. En el caso de una representación egocéntrica en un ser humano el punto qué se elige es la posición actual del sujeto (por eso se lo denomina subjetivo) y el sistema de coordenadas normalmente corresponde a los ejes naturales del cuerpo: izquierda, derecha, arriba, abajo y adelante y atrás. Un sistema alocéntrico es un sistema que toma como punto de partida un punto o conjunto de puntos no dependientes de la posición del sujeto y un sistema de coordenadas igualmente independientes.

Volvamos al ejemplo: especificar la posición de la Alcaldía de Bogotá, partiendo del centro de ésta. En el caso de una representación egocéntrica, si el sujeto mira hacía el Palacio de Justicia frontalmente, la posición corresponderá aproximadamente a “a mi izquierda a 150 metros”. En el caso de una representación alocéntrica elegimos un punto –preferentemente estático- y un sistema de coordenadas polares. Si se toma la Catedral Primada como punto de origen, la localización será algo como “350 metros hacía occidente”.

La necesidad de un organismo de representar el espacio se origina de la necesidad de movilizarse entre lugares que son más o menos fundamentales para sus impulsos básicos. Cualquier mamífero que deje a sus crías en una madriguera debe estar en capacidad de volver a ésta, capacidad sin la cual su supervivencia como especie estaría impedida. En el caso mucho más simple de un insecto –si estos tienen en lo absoluto representaciones espaciales- estás son fundamentales para volver a su madriguera –piénsese en los escarabajos del estiércol[2]- o para encontrar un miembro del sexo opuesto. Para pensar en la estructura de una representación espacial debemos pensar en sus interacciones con las capacidades motoras de un organismo.

El problema con una representación egocéntrica del espacio es que parece ser insuficiente para definir la posición de un objeto cuando el agente o el ambiente son dinámicos. Cambiemos el ejemplo. De nuevo usted está en Bogotá y debe ir desde la Plaza de Bolívar hasta el monumento a los Héroes y la única información que usted dispone es que éste se encuentra hacía el frente, 10º a la derecha. Para que usted pueda encontrar a su objetivo, es necesario que usted gire diez grados a su derecha y pueda caminar más de 80 calles sin el más mínimo desvío!

Una representación egocéntrica solo es útil en aquellos casos en los cuales, mediante la percepción en tiempo real, es posible actualizar constantemente la posición de un objeto en un marco de referencia subjetivo, es decir, en una representación egocéntrica del espacio. En el caso de la plaza de Bolívar, no importa qué tanto usted se mueva en ésta, usted solo tendrá que echar un vistazo alrededor para poder volver a definir la posición de la Alcaldía. Esta condición es precisamente lo que se pierde en el caso del viaje desde la Plaza de Bolívar hasta el monumento a los Heroes.

Una representación alocéntrica es la solución para esta debilidad. En las representaciones alocéntricas la posición de un punto está siempre definida respecto a un punto o conjunto de puntos estables en el ambiente. El sujeto requiere únicamente saber cuál es su posición respecto al punto ancla y cuál es la posición de su objetivo respecto al mismo. Suponga que una niebla espesa cubre la Plaza de Bolívar y usted sólo sabe que está a “50 metros de la Catedral Primada, sur occidente de ésta” y la posición de la Alcaldía respecto al mismo punto (en una descripción con términos semejantes). Mediante un cálculo bastante simple, a pesar de la niebla, usted podrá localizar su objetivo.

Los mapas, tal y como los conocemos comúnmente, son precisamente representaciones alocéntrica infinitamente compleja. En efecto, usted no dispone solamente de un punto para definir la posición de su objetivo (la Catedral Primada) sino que dispone de una representación de la distancia entre cualesquiera dos puntos y su orientación respecto a coordenadas polares. Es en ese sentido que un mapa es una representación holística.

Si usted ha usado alguna vez un mapa sabrá que no basta tener el mapa para dirigirse a su objetivo; usted todavía necesita saber cuál su posición en éste. Incluso esta información es insuficiente para que un agente pueda dirigirse a su objetivo. La razón para esto es la misma por la cual uno tiende a girar en todas direcciones cuando trata de orientarse. Se debe tomar la decisión de ir hacía la derecha, izquierda, adelante o atrás y esto significa determinar a qué corresponde una coordenada alocéntrica (norte, sur, oriente, occidente) en un representación subjetiva del espacio. A esto lo denominaré sincronizar dos representaciones espaciales.

Por ahora, un panorama general de lo dicho: mientras las representaciones egocéntricas pueden guiar la acción de un agente en su ambiente, esto solo es posible en condiciones muy restringidas (permanecer en contacto perceptual con el objeto). Por otro lado, una representación objetiva puede guiar la acción de un agente incluso si no hay contacto perceptual entre agente y objetivo, pero depende de la capacidad del agente de sincronizar este tipo de representaciones con representaciones egocéntricas. Ambos tipos de representaciones fijan la posición de un objetivo respecto a un marco de referencia (un punto o conjuntos de puntos y un sistema de coordenadas). Es importante conservar en mente esta última característica común, pues volveré a ella posteriormente.

2. La fundamentalidad del espacio para el pensamiento

La pregunta natural ahora es cuál es la relación de todo esto con el sentido del olfato y en general cuál es la relación de esto con la filosofía. Todavía falta mucho para que yo pueda cumplir mi promesa. Hércules tuvo que limpiar establos y luchar contra bestias antes de cumplir su cometido, así que no pierdan la paciencia si yo me distraigo un poco en algunos problemas de orientación espacial y filosofía del lenguaje.

Para cumplir mi promesa, quiero empezar con la relación de la discusión de hace un momento con problemas tradicionalmente filosóficos.

Probablemente es Kant quien más ha enfatizado la relación entre espacio, percepción y pensamiento. Como la mayoría de ustedes sabrán, Kant postuló que el espacio es la condición de posibilidad de toda intuición y consecuentemente de todo conocimiento de objetos. En el siglo XX, Peter Strawson –bajo un proyecto en espíritu muy similar al de Kant- volvió a enfatizar el papel fundacional del espacio en nuestro pensamiento. Strawson, por decirlo de manera burda, argumentó que el espacio es la base de nuestra capacidad para pensar en objetos particulares.

Esta idea se origina en la dificultad para garantizar que nuestro pensamiento se refiera a particulares mediante el uso de conceptos generales. Strawson desea hacer patente que, no importa que tan rico sea nuestro bagaje conceptual sobre un objeto, ello no nos garantiza la particularidad de nuestro pensamiento sobre éste. Un ejemplo –tomado de Adrian Cussins (Cussins, 1998)- es el pensamiento sobre un peón blanco en una partida de ajedrez que recién comienza. No importa que tan precisa sea la comprensión que se tenga del concepto “peón” en ajedrez, es imposible identificar a un único peón sin mencionar su posición en un momento particular de una partida de ajedrez, pues no hay nada, a parte de esto, que diferencie a un peón respecto a otro dentro del formalismo del juego de Capablanca. Argumentos similares se pueden fabricar para objetos materiales y no puramente formales, en particular, el argumento de la replicación masiva, al que acude Strawson en Individuos (Strawson, 1959).

No deseo entrar a discutir el alcance de éste argumento, mas deseo resaltar la suposición general de que el espacio, en su condición de sistema representacional, juega un papel fundamental en nuestro pensamiento, específicamente respecto al pensamiento sobre particulares.

Una segunda promesa con la que me comprometeré aquí es mostrar porqué estoy en desacuerdo (parcial) con esta tesis y en sentido más general porque soy antikanteano respecto al papel que juegan nuestras representaciones espaciales en el pensamiento sobre particulares. Para cumplir con esa promesa debo allanar aún más el camino.

3. El constreñimiento de generalidad de Evans: Realismo

Volvamos entonces al pensamiento y su relación con el espacio. Este camino nos conduce a uno de los discípulos de Strawson, Gareth Evans. En su libro póstumo Variedades de la referencia, Evans presenta un esquema más o menos compacto de cómo el pensamiento sobre particulares se relaciona con los dos modos de representación espacial que he venido mencionando. Para entender tal giro filosófico hay que volver a dos ideas de éste: el constreñimiento de generalidad y el nivel fundamental de pensamiento.

El constreñimiento de generalidad es una característica que se atribuye típicamente al pensamiento en tanto general. Básicamente Evans, como muchos otros, afirma que si se comprende correctamente el concepto G, se puede tener infinitos pensamientos posibles que lo incluyan. De manera menos abstracta, si comprendo correctamente el enunciado “Juan es feo”, debo poder comprender infinitos enunciados posibles con la forma “x es feo”; por ejemplo, “Pedro es feo” o “Diana es fea”. Espero que confíen en Evans cuando atribuye esta característica al pensamiento basándose en que los conceptos son, por principio, generales y productivos, es decir, que es posible construir infinitos enunciados a partir de un número limitado de elementos.

No fijemos nuestra atención en el predicado “ser feo”, sino en el término particular “Juan”. ¿Qué condiciones debe cumplir un hablante para saber a quién refiere el término particular “Juan”? La respuesta de Evans es que para tener lo que éste llama una idea adecuada del particular en cuestión, se debe poder entretener infinitos pensamientos sobre tal particular. Un caso de cuando no se cumple este criterio es, siguiendo un ejemplo de Evans (Evans, 1982, 148), mi pensamiento sobre un corredor chino que participó en la prueba de los 400 metros durante los juegos olímpicos. Yo puedo tener efectivamente pensamientos sobre éste en virtud de haberlo visto en televisión –por ejemplo, saber que llegó de sexto en la competición-, mas ¿puedo tener pensamientos acerca de su salud, de su peso o de su entrenamiento? La respuesta de Evans es que si mi contacto epistemológico se restringe al haberlo visto en televisión no puedo comportar otros pensamientos sobre éste, pues no hay forma de explicar cómo sería posible decidir la verdad o falsedad de enunciados como “el corredor chino pesa 56 kilos” o “el corredor chino estudia ciencias del deporte”. En otros términos; no comprendo dichos pensamientos pues no comprendo qué es para el particular en cuestión “pesar 54 kilos” o “estudiar ciencias del deporte”. En casos como éste se viola el constreñimiento de generalidad porque no se puede explicar qué es ser verdadero (o falso) para todos lo pensamientos posibles sobre un particular.

En el apartado anterior me referí a la creencia de Strawson de que el pensamiento sobre particulares depende de poder fijar su posición y traté de argumentar a favor de esto mediante el ejemplo de un peón en una partida de ajedrez. La razón es que solo es posible pensar en un único peón cuando se conoce o establece su posición en el tablero; en caso contrario nada ata a mi pensamiento con una pieza particular en la partida. Supongamos por ahora que podemos extender este argumento más allá de los sistemas formales, aplicándolo al mundo real: para que nuestro pensamiento pueda referir a un único objeto, debemos conocer la posición de éste. Combinando esta idea con la anteriormente expuesta, Evans llega a una de sus tesis principales. Para poder cumplir el constreñimiento de generalidad debemos conocer o estar en posición de conocer la posición de un objeto.

El caso del deportista chino incumple el constreñimiento de generalidad porque mi vinculo epistémico con éste está de tal manera restringido que no puedo fijar la posición del objeto en el espacio. Para traducir todo esto a términos más familiares, Evans está diciendo algo como lo siguiente: nuestro pensamiento sobre particulares depende de un nivel privilegiado o fundamental de identificación –como en el caso del ajedrez- a saber, del conocimiento de la posición del objeto. Sin éste no podemos garantizar que nuestro pensamiento esté realmente atado a un particular. Ya que nuestro pensamiento depende de un nivel fundamental, toda otra forma de pensamiento sobre un particular debe remitirse finalmente a tal nivel para constituir una idea adecuada de éste, i.e., una idea que cumpla el constreñimiento de generalidad. Puedo entretener infinitos pensamientos sobre el atleta chino si estoy en capacidad de determinar su posición en el espacio.

Dado que hay dos tipos de representación espacial hay tres formas de interpretar la exigencia de Evans –cosa que éste mismo hace: especificada en términos de una representación egocéntrica o en términos de una alocéntrica. Esta última se transforma en dos posibilidades: como señalé anteriormente una representación alocéntrica tiene grados de holismo. La posición de un objeto puede estar definida con respecto a un solo punto, varios puntos o infinitos puntos –el caso de un mapa, una representación absolutamente holística de la posición de un objeto. En palabras de Evans:

Podemos inquirar ahora acerca de que hace tales Ideas de lugares in el espacio egocéntrico Ideas adecuadas de posiciones en el espacio público. Una dicha idea, p, es adecuada en caso de que al sujeto pueda ser atribuido con un conocimiento de que sería para “π=p” ser verdadera –donde π representa un identificación fundamental arbitraría y consecuentemente holistica de un lugar de un lugar. (…) Cualquier sujeto que este en capacidad de pensar ‘objetivamente’ acerca del espacio –cualquier sujeto al que pueda ser atribuido un mapa cognitivo de alguna región- debe saber qué está envuelto precisamente en está identificación –imponiendo su conocimiento de las relaciones espaciales objetivas de las cosas sobre un espacio egocéntrico.

Evans ha definido un mapa cognitivo como “una representación en la cual las relaciones espaciales de muchas cosas distintas son representadas simultáneamente” (Evans, 1982, 151). Estos mapas cognitivos cumplen la función de atar diversas formas de pensamiento subjetivas –en la terminología un poco confusa de Evans y Cussins-, es decir, representaciones alocéntricas no holísticas o egocéntricas del espacio[3]. Evans enfatiza que, al igual que no basta el vínculo epistémico proveído por un medio electrónico como un televisor, no basta una representación egocéntrica de la posición de un objeto; ésta debe ser atada a un nivel más fundamental: un mapa cognitivo. Sin esta posibilidad, el sujeto no sabe, en sentido estricto, dónde se encuentra el objeto y por lo tanto no sabe de qué objeto se trata. Estos mapas cognitivos son, llanamente, el nivel fundamental del pensamiento al cual, según Evans, se debe remitir toda otra idea adecuada del espacio.

4. La salida de Cussins y Millikan

Adrian Cussins y Ruth Millikan han propuesto una salida alternativa al nivel fundamental del pensamiento para dar cuenta del constreñimiento de generalidad o, en otros términos, de la productividad del pensamiento. Millikan ofrece un muy sugerente diagnóstico de las razones de Evans para sostener dicho nivel del pensamiento:

Evans exige únicamente que ningún concepto o conceptos de la misma cosa formen una isla separada, completamente aislada en principio de otros conceptos de la misma cosa. Uno debe poseer habilidades conceptuales que puedan en principio cerrar la brecha. Esto es porque una idea no fundamental debe estar firmemente atada por una capacidad a la idea fundamental de su objeto; por consiguiente a toda idea de un objeto a cualquier otra idea del mismo objeto ¿Si nosotros, en contraste con Evans, dejamos de requerir ideas fundamentales de objetos, nos dejara esto con la posibilidad de brechas infranqueables entre islas conceptuales correferenciales? (Millikan, 2000, 185-186)

Millikan acepta en principio la importancia de que podamos vincular distintas formas de pensamiento sobre un particular, pero no acepta con Evans que eso requiera un nivel privilegiado de pensamiento. A cambio pregunta si no es posible que esta islas conceptuales sean vinculadas independientes de una forma de pensamiento privilegiada.

En la misma dirección, Cussins hace una pregunta similar. Éste sin embargo añade un ingrediente extra que dejaré aquí por fuera; Cussins argumenta que los casos de ficción –como novelas o sistemas formales- se diferencian de lo real precisamente en que en los primeros hay un nivel fundamental de pensamiento mientras en la vida real no. Cussins distingue entonces casos de dependencia a un marco conceptual, es decir, casos ficcionales o sistemas formales y casos de relatividad a un marco, por ejemplo, la identificación de un particular en un espacio egocéntrico. El argumento de éste apunta a que si en efecto hubiera un nivel fundamental de pensamiento no podríamos distinguir entre la ficción y lo real. No entraré en los detalles del argumento, sino en los detalles de la alternativa que éste defiende.

Como buen evansiano, Cussins acepta que hay una diversidad de formas de pensamiento sobre un particular (a las que llama marcos de referencia) y que en un buen número de casos nos es posible sincronizar estas formas de pensamiento, o, en los términos de Millikan, superar estas brechas conceptuales. Veamos una cita de Cussins.

Supongan que yo pienso en una casa como el número 12, calle 32, (…), entonces mi identificación de la casa es relativa al trazado de calles y el sistema de numeración. Mi habilidad para pensar en la casa no es, en todo caso, completamente dependiente del marco de referencia proveído por el trazado de calles porque puedo obtener información de la casa o información acerca de la casa que no es relativa al trazado de calles y soy capaz de coordinar mis juicios y mis acciones respecto a diferentes fuentes de información. Lo que es importante de mi entendimiento de cuál casa se trata aquí es que, igual si decido visitar la casa o formar juicios acerca de la casa, yo tengo la capacidad de coordinar información para guiar mi acción y juicio en una manera que es apropiada o sensible a la casa particular. Esta clase de coordinación o recalibración de múltiples marcos de referencia –aun si todos los marcos son subjetivos, es lo que elimina el peligro de dependencia al marco de mi conocimiento de cuál es la casa en cuestión. Yo exploto muchos marcos conceptualizando la casa, pero mis recursos cognitivos para acceso cognitivo a la caso no se agotan por estos marcos de referencia (Cussins, 1998, [30])

Cussins se mantiene, con Evans, en que el pensamiento sobre particulares requiere marcos de referencia –subjetivos u objetivos-, pero no acepta que haya un nivel privilegiado de pensamiento que sea la condición de posibilidad para sincronizarlos. En el mundo real sí habría identificación relativa a un marco, mas no habría dependencia a éste.

La posición de Millikan y Cussins me interesa porque ambos siembran la duda acerca de la necesidad de explicar la productividad del pensamiento sobre la base de un nivel privilegiado. Cussins rechaza, mediante el argumento que dejé a un lado, el que exista un nivel de pensamiento sobre el que dependa nuestra identificación de un particular, afirmando que ésta es una característica propia de sistemas formales o ficcionales. Cussins se mantiene, implícitamente, en que nuestro pensamiento sobre particulares depende de representaciones espaciales en el sentido aquí explicado, sean estas subjetivas u objetivas, mas no holísticas. Ese punto es el que yo deseo atacar, sin abandonar por esto la posibilidad que Millikan y Cussins abren.

5. Salmones y polillas

Hasta ahora me he limitado a recoger las posiciones de varios autores sin decir mucho sobre ellas. Antes de volver a ellas cumpliré mi promesa y hablaré sobre el sentido del olfato.

Lo primero que hay que decir es que el sentido del olfato, al menos en los seres humanos, no cumple una función principal en el pensamiento o en la acción. El olfato en nosotros está asociado principalmente a respuestas emocionales de rechazo o placer. Creo que nuestra experiencia personal es evidencia de esto. Sin embargo existen buenas razones empíricas para afirmarlo, por ejemplo, el que los niveles de sensibilidad a cambios de concentración de un olor en un ser humano son apenas del 20%, es decir, detectar la diferencia entre dos concentraciones en un rango del 20% es imposible para un ser humano o al menos para la mayoría de estos. Una alta sensibilidad a cambios de concentración es probablemente esencial para que el sentido de olfato pudiera guiar la actividad motora en el ser humano.

Es en todo caso revelador que la ficción de Patrick Süsskind en El perfume –cuyo protagonista goza de un olfato tan poderoso que su relación con el mundo está fundada en este sentido y no en la visión, el oído o el tacto- no nos resulte del todo singular es que, si bien no nos es presente, somos conscientes de la existencia de un rico universo de aromas y olores, en el mismo sentido en que somos conscientes de la existencia de un mundo de ondas electromagnéticas, que fundamentan actividades tan cotidianas como escuchar la radio o hacer una llamada por celular, a pesar de que nos son totalmente imperceptibles

En otros animales el sentido de olfato juega, sin emabargo, un papel fundamental en su movimiento. La mitología popular dice que en los perros el sentido del olfato es más importante que la visión. Me gustaría examinar un caso mucho más extremo que el de los perros, a saber, los salmones. Estos, tras nacer en el afluyente de un río, están en capacidad, después de años de vivir en mar abierto, de volver a su lugar de origen. Aunque este milagro de la naturaleza no está del todo clarificado hay un consenso respecto a qué no necesita un salmón para volver a su cuna de nacimiento

Abría que suponerse, de lo dicho hasta aquí, que el salmón debe utilizar algún sistema dentro del rango que permite la distinción entre una representación espacial egocéntrica y una alocéntrica. Respecto a esta última la evidencia señala que el salmón prescinde completamente de sistemas de orientación olecéntricas. Como señalé al inicio de esta conferencia, una representación alocéntrica requiere puntos estables en el ambiente, los que, en aguas oceánicas, son escasos sino inexistentes. La segunda posibilidad sería orientación astronómica. Experimentos han revelado que salmones ciegos pueden volver al estuario de su nacimiento y que la migración de éstos no se detiene en días nublados. Finalmente queda la posibilidad de orientación magnética, pero no hay ninguna señal de brújulas internas en los salmones, por lo que debemos descartar un modelo que recurra a representaciones objetivas del espacio.

Esto nos debería indicar que el sistema de orientación es egocéntrico. Ya señalé que este sistema depende de que la posición del objetivo sea actualizada constantemente dentro de la representación espacial mediante la percepción. Dado que el salmón empieza su migración a cientos de kilómetros del estuario objetivo en mar abierto, podemos descartar este tipo de representación espacial como guía de de la actividad migratoria del salmón.

¿Qué nos queda? Revisemos la evidencia empírica sobre el salmón. Al parecer éste detecta en aguas abiertas la presencia del olor de su estuario de origen, lo que es posible ya que los olores pueden dispersarse miles de kilómetros en el mar. Dado que las aguas oceánicas están organizadas en capas verticales –donde varía la salinidad, oxigenación, velocidad de la corriente, etc.- los salmones determinan la capa donde se encuentra el olor objetivo y empiezan a viajar en dirección contraria a la corriente. En efecto, la evidencia empírica señala la preferencia de los salmones por determinadas profundidades, comportamiento asociado al sentido del olfato (cuando el sentido del olfato es dañado, su comportamiento vertical se torna errático). Dado que, al mismo tiempo que el salmón demuestra una preferencia a profundidades determinadas, también realiza exploraciones regulares a otras profundidades, es posible que éste detecte la dirección de la corriente al comparar la diferencia entre las velocidades relativas de las diferentes capas de agua, nadando en dirección contraria a ésta.

Un segundo caso de este tipo de comportamiento mediante el sentido del olfato es el de ciertas especies de polillas, capaces de encontrar a su pareja mediante rastros de apenas moléculas. Veamos una descripción de esto:

El procedimiento seguido por el macho de la polilla de la seda cuando está en apareamiento es aproximadamente así:

1. Esperar por la excitación, la cual es activada por la feromona femenina

2. Volar corriente arriba tanto tiempo como la feromona pueda ser detectada. Normalmente el camino corriente arriba no es rectilíneo, sino zigzagueante. No se sabe si los zigzag contribuyen a guiar al insecto hacía mayores concentraciones del olor, aunque sería posible.

3. Si se pierde el rastro, volver hacía adelante y hacía atrás a través de la corriente de aire hasta encontrarlo de nuevo. Si no es encontrado, rendirse y volver al paso 1.

4. Cuando la polilla llega cerca de su objetivo, otras formas de comportamiento son puestas en práctica; algunas veces cambiar a guía visual requiere una alta concentración continúa del atrayente (Selfridge, 1978, 19).

Las similitudes entre el comportamiento del salmón y de la polilla de la seda son tan evidentes como sorprendentes. Me gustaría solo hacer dos observaciones respecto a la cita de Selfridge.

Mi hipótesis personal, no científica, es que el salmón y la polilla realizan un movimiento zigzagueante por las mismas razones. Dado que ambos deben determinar la velocidad del medio en el que se encuentran, deben hacer constantes irrupciones a medios distintos para descubrir la dirección de estos.

Por otra parte, Selfridge pone de manifiesto en el punto 4 la diferencia entre una estrategia de orientación egocéntrica y una basada en rastros; es por esta diferencia que la polilla debe cambiar de estrategias cuando se encuentra a la suficiente distancia de su objetivo. Para decirlo de otra manera, utilizando un ejemplo menos lejano: un cazador utiliza estrategias distintas cuando persigue a su presa siguiendo los rastros de ésta en el medio ambiente –huellas en el piso, ramas rotas, etc.- que en el momento de la persecución final en tiempo real, cuando debe mantener su objeto fijado dentro de su escena visual. Un cazador de una tribu khoisan en Africa, que persigue a un antílope - provisto de una mayor velocidad en cortas distancias, pero menor eficiencia en largos trayectos-, debe poder seguir a su objetivo aun si éste se escapa de su escena visual, hasta lograr alcanzar una distancia lo suficientemente corta para llevar a cabo el ataque final.

Hasta aquí de salmones, polillas y cazadores africanos.

6. ¿Por qué no marcos de referencias?

Mi hipótesis es que casos como el sentido del olfato en el salmón requieren un tipo de explicación no compatible con la idea general de que la posición de un objeto debe estar definida por un marco de representación, bien objetivo, bien subjetivo. En tal sentido he hablado de una forma alternativa de percepción. El argumento principal es que la evidencia empírica señala de forma clara que en casos como el salmón no es posible adaptar ningún modelo de representación espacial por razones que traté de hacer patentes hace un momento. De forma más amplia creo que la tesis representacionalista es equivocada, es decir, que –en dirección contraria a Kant- el espacio no es simplemente una representación proveída por la mente del sujeto. En ese sentido soy (en parte) antirepresentacionalista, antikantiano y antimentalista. Por ahora deseo volver a estas oposiciones.

Creo que la tesis representacionalista en el caso del espacio exige que si un organismo entiende algo como “posición tal y tal”, es decir, si un organismo puede gozar de un pensamiento particular sobre un lugar, tal organismo debe tener una representación espacial tal que la posición sea explícitamente definida en este marco de referencia. Un mapa es un ejemplo perfecto para ello, mas una representación egocéntrica del espacio también, pues en ésta la posición del objeto debe estar constantemente definida, a riesgo de simplemente dejar de saber dónde se encuentra un lugar. Esta tesis es independiente de la –a mi parecer un poco oscura- tesis de que el significado de términos egocéntricos como “arriba” o “a la derecha” está proveído por las habilidades motoras del organismo. El salmón no sabe, en tal sentido, dónde se encuentra su objetivo (el salmón carece de cualquier tipo de representación objetiva del espacio y no depende de determinar a cada instante si su objetivo se halla al frente o a la izquierda) pero no por esto está incapacitado para llegar a él.

La pregunta obvia en ese contexto es qué tan común es este tipo de sistemas de orientación espacial frente a sistemas que nos resultan más habituales, es decir, los sistemas representacionales. La primera observación para responder a esto es que, como ya recalqué anteriormente, el sentido del olfato juega un papel privilegiado en muchos animales no humanos.

La segunda es que este tipo de modelo se acomoda a casi todas las situaciones dónde seguimos un rastro a través de nuestro ambiente. Ya mencioné a un cazador africano persiguiendo a un antílope, pero imaginemos ahora a un detective que sigue a un hombre que ha desaparecido. El detective debe utilizar los rastros que su objetivo ha dejado en el ambiente para encontrarlo, sin saber, desde un inicio, quién es éste o exactamente dónde se encuentra. En sus investigaciones, el detective encuentra por ejemplo que el hombre desaparecido sostuvo un importante intercambio de correspondencia con una persona en Cartagena y se dirija a ésta ciudad, tanto como el salmón se dirige a cierta localización porque hay una fuerte concentración de un rastro. Quizá el hombre desaparecido se encuentra en Cartagena, quizá no; lo que el detective debe buscar son nuevos rastros que lo conduzcan hacía su objetivo, así estos lo envíen a una tercera ciudad.

Mi punto, de manera más general, es que modelos como el que requiere el olfato no son singularidades en nuestra vida, sino que juegan un papel central en nuestra cognición. Buscar una dirección (sin tener un mapa), preguntar por una oficina o por una persona, quizá escribir una conferencia –sin tener un plan determinado desde el inicio- son tipos de actividad en los que nos guiamos por rastros en nuestro ambiente y en nuestro pensamiento, sin requerir ninguna representación mental del objetivo.

Anteriormente llamé a mi posición antimentalista ¿En qué consiste la comprensión de un cazador khoisan de la posición de su presa cuando la rastrea? No se trata de ningún tipo de conocimiento codificado en su mente o si se quiere en su cerebro; se trata de la interacción entre sus habilidades y su ambiente, un proceso dinámico en el cual tanto su presa como él cambian continuamente de posición. Especificar en qué consiste su comprensión requiere especificar tanto las habilidades que éste posee, como la dinámica de su ambiente y por lo tanto no especificar ningún tipo de representación que especifique la posición de la presa. Nada en la mente del cazador es suficiente para dar cuenta de su comprensión de la posición del objetivo.

7. Un preargumento hacía el antirealismo no idealista!

Me gustaría concluir esta conferencia con una tesis arriesgada. Antes quiero hacer una evaluación del argumento que he propuesto hace un momento.

El problema de este tipo de tesis es que no explica por sí mismo su significado. Aceptar que hay una forma de pensamiento sobre particulares que no requiere marcos de referencia no excluye que en ocasiones de hecho pensemos con marcos de referencia objetivos y subjetivos, ni nos indica el papel que juega este tipo de pensamiento en el contexto más general de nuestra vida cognitiva ¡Tenemos un nuevo jugador en nuestro equipo pero no tenemos la menor idea de cuál posición ha de ocupar! Éste es el problema realmente interesante y exigente, no simplemente señalar su existencia. Cómo se imaginarán, dejaré este asunto por fuera de mi exposición. Quisiera sin embargo hacer algunas observaciones en esta dirección.

Cité la posición de Adrian Cussins por una razón importante. Cussins no menciona o no está interesando en formas de pensamiento que yo he señalado –independientes de marcos de referencia- sino que se mantiene con Evans en una tesis representacionalista, tal y como yo he entendido este término. Sin embargo Cussins niega la existencia de un nivel fundamental del pensamiento, postulando en su lugar la capacidad de sincronizar diferentes marcos de referencia. No hay ninguna razón para pensar que solo podamos sincronizar marcos de referencia y no las habilidades que dan lugar a nuestro pensamiento sobre lugares independientemente de representaciones espaciales. Puede que mi comprensión de un lugar en una ciudad en la que apenas he estado depende de seguir rastros en ella, mas no existe ninguna razón de principio por la cual yo no pueda coordinar dichas formas de pensamiento con un mapa de la ciudad o con otras estrategias de seguimiento de rastros. Estas estrategias se integran a formas de pensamiento posiblemente generales o públicas –para usar el término de Evans-, a diferencia del los animales.

La posición de Evans y consecuentemente la posición de Cussins se presentan en un contexto realista, en oposición al antirealismo o, para el caso, el verificacionismo. Ante la pregunta “¿En qué consiste mi compresión de cuál es la referencia del término G?”, cuando G es un demostrativo espacial, la respuesta de Evans y de Cussins tendrán la forma de la especificación de una posición en un marco de referencia, bien subjetivo, bien objetivo, aceptando que la comprensión del organismo de dichos términos está posiblemente mediada por la habilidades del organismo y no por conceptos que éste posea. Tal punto no es aquí esencial. La especificación de la comprensión de un enunciado donde aparezca el término G será dado en términos de las condiciones de verdad de un enunciado que refiera al objeto en la posición de G, definida según el marco de referencia apropiado. Esto en sí mismo no agrega nada sino se entiende como una negativa a una posición verificacionista.

Evans piensa su posición como antitesis de la tesis dummeteana según la cual el significado de un enunciado particular está determinado por la capacidad de verificar, bajo condiciones ideales –por eso ideal-verificacionismo- , la verdad o falsedad de dicha proposición. Me gustaría citar lo que dice Evans acerca de esta posición. La cita es extensa pero lo vale.

Si nosotros restringimos nuestra atención a pensamientos acerca de objetos concretos, parece haber algo profundamente correcto acerca de la idea de que alguien quien tiene un pensamiento acerca de un objeto particular que no puede en ese momento identificar demostrativamente -, digamos, ‘El hombre que hizo está mesa es un buen carpintero’- está por lo tanto concibiendo un estado de hechos sobre un hombre particular en el cual su pensamiento reside (…). Aquí tal vez nosotros pensamos al sujeto imaginando, desde una perspectiva lo suficientemente alta, todos los hombres en el universo frente a él, y apreciando que su pensamiento reside en solo uno de ellos y que la verdad o falsedad está determinaba si el es un buen carpintero o no. Y entonces podríamos pensar que él ha encapsulado en su imaginación precisamente el procedimiento de verificación que Dummet llama canónico.

¿Quién puede negar con su mano en el corazón que tales imágenes juega un papel tanto en el pensamiento ordinario como en el filosófico? Pero no son las imágenes las que deben ser rechazadas; solo la interpretación acerca de éstas. Evidentemente lo que es esencial para que la concepción del sujeto incluya un objeto espacio temporal es su concepción de que en algún lugar existe un objeto al que su pensamiento refiere, y que estas imágenes no son más que el reflejo de estas idea. Nuestro pensamiento acerca del mundo espacial está, quizá necesariamente, acompañado de modelos o mapas [lo que yo he llamado marcos de referencia holísticos]. La mayoría de nosotros, por ejemplo, tiene ese tipo de modelos del sistema solar, con el sol en el centro y los planetas orbitando a diferentes distancias alrededor de éste. El error –uno que hace cierta forma de ideal-verificacionismo casi inaceptable- es suponer que, construyendo esos modelos, nosotros estamos pensando el contenido de una experiencia posible (Evans, 1982, 99-100)

Lo primero que hay que decir es que aceptar una posición similar a la de Cussins implica salirse del ideal-verificacionismo, pues se elimina el mito de un nivel privilegiado de pensamiento –así en este caso sea un tipo particular de experiencia y no un tipo particular de marco de referencia.

La imagen que cita Evans respecto al verificacionismo resulta bastante burda. Volvamos a mi ejemplo del investigador que sigue los rastros de un hombre desconocido ¿En qué está anclado que dichos rastros den lugar a un pensamiento sobre un solo hombre? Lo primero es que dichos rasgos sean efectivamente sobre un sólo hombre, esto es, que el investigador no esté –sin saberlo- persiguiendo a dos o más hombres. Este hecho no depende del sujeto, sino de la relación entre ambiente y sujeto y solo puede ser evaluado una vez concluya la investigación. Además la comprensión de esto no reside en que, dado un portafolio inmenso de perfiles que incluyera edad, nombre, foto, estatura, etc. el investigador esté en capacidad de identificar al hombre en cuestión. Incluso si no estuviera en capacidad de esto, lo que constituye la comprensión de “ese hombre” es que durante el flujo de su actividad investigativa, nuestro detective logre finalmente encontrar a su objetivo. Quiero sostener que la comprensión de un término particular –en ciertas ocasiones- está anclado en el contenido de experiencias posibles, mas dichas experiencias deben tener su origen en una actividad de seguimiento de rastros en el ambiente y no en la extraña fantasía del portafolio que menciona Evans.

Antes de finalizar hay algo importante sobre el ejemplo del investigador que vale la pena mencionar. Hay al menos dos formas de imaginar una investigación típicamente detectivesca tal y como son plasmadas en la literatura del género negro. La primera es un detective que debe encontrar un asesino entre un grupo más o menos fijo de personas que constituyen los personajes. Cada rastro –así se revela al final de la novela- pertenecía a uno u otro de los personajes. En otras novelas –por ejemplo, en algunos capítulos de El libro Negro de Orah Pamuk o en Estrella distante de Roberto Bolaño- los rastros no pertenecen unívocamente a un personaje, sino que son ambiguos o equívocos, de tal forma que la identidad de los personajes, de los que nada nos es dicho salvo lo contenido en estos mismos rastros, se diluye en aproximaciones. En este tipo de novelas se prescinde por completo de la suposición de la idea de representación de un mundo –donde hay un único asesino desde el inicio- a cambio de un universo de rastros, quizá más cercano a nuestra comprensión de otros seres humanos y de nosotros mismo.

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En Variedades de la referencia Evans advierte que la tarea no consiste en hacer una lista de distintas formas en que es posible pensar sobre particulares, sino mostrar su relación mutua en el contexto de una teoría del significado de gran alcance. Como pueden ver, yo he evadido el verdadero trabajo pesado.

Espero haber cumplido alguna parte de promesa y no dejar en ustedes un sabor amargo a estafa. Muchas gracias por su atención.



[1] Me refiero a The Doors of Perception and Heaven and Hell, 1954, 1956, Harper & Brothers

[2] Los escarabajos del estiércol, después de encontrar estiércol y formar esferas a partir de éste, deben volver con el producto de su trabajo a su guarida, rodando, de una manera bastante conocida, la esfera que han construido.

[3] Una representación alocéntrica no holística no es en un sentido relevante subjetivo, pues no depende del sujeto. Cussins y Evans, a mi parecer erróneamente, insisten en considerarlas subjetivas por razones que no resultan claras.

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