jueves, noviembre 29, 2007

Recordé lo siguiente:

Sin tener un parqueadero cubierto para su carro, mi papá usaba, cuando todavía vivamos en la bodega -mis papás siempre llamaron a ciertas cosas de una manera que todavía me parece díficil de entender por completo- el parqueadero del antiguo apartamento que quedaba a unos quince minutos de nuestra casa caminando. Cada noche al volver, mi hermano y yo salimos corriendo del carro, subiamos el parquedero, pasabamos las vitrinas del edifico y entrabamos a un pequenio negocio de consolas, creo que en esa época básicamente nintendos 64. Como si en las pantallas se escondiera una magia que podiamos contemplar pero nunca manejar, nunca manipular, mi hermano y yo nos quedabamos hipotizados observando el espectáculo maravilloso de los colores, mientras, atemorizados, vigilamos la llegada de mi papá. Esperabamos verlo caminar de vuelta a la casa -a veces se demoraba un poco más, quizá con el duenio del local- y seguir. Entonces, en el último momento de horror, cuando sabíamos que el espectáculo debía acabarse, nos comprabamos chocolatinas de chocolate blanco y arroz, invirtiendo nuestro pequenio capital en esa especie de tesoro y lujo extraordinario. Después saliamos corriendo para alcanzar a mi papá y nos ibamos con él.

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