domingo, agosto 26, 2007

Cuando me preguntó en Cracovia si yo era quien había hablado esa noche con ella, su rostro emergió como de un suenio o una pesadilla que aparentemente se ha olvidado (en efecto había hablado con ella, en efecto recordaba vagamente su cara, incluso cómo estaba vestida en medio de la neblina del alcohol). Después, también en Cracovia, recuerdo cómo me sonrió y me agarró del brazo, aunque yo no compredi nada.

Con el tiempo su cara se convirtio en un vacio o en la foto que está en internet, a pesar de que la foto no la muestra a ella, sino a una mujer más joven (siglos más joven, continentes más joven), ya que su cuerpo -y su alma- ha sufrido un proceso de envejecimiento particularmente rápido, que la sumé en otro mundo desconocido -Rusia o Kazajistán, o uno de esos países- y que, eso lo adivino, no lo sé, la aleja de ese otro mundo al que debería pertenecer, dada su consumida belleza.

También recuerdo las primeras palabras, si bien no fueron realmente las primeras, que cruzamos, yo, en mi alemán terriblemente quebradizo y mi pronunciación espantosa, ella, en su alemán desprovisto de acento, cansado y suave, como si hablar le costora un esfuerzo, no inmenso, pero preferiblemente evitable, en un tono profundo, suave y lento que, en algún momento lo explicó así, se debía a su deseo de que yo entendiera.

Fui yo el primero en hablar, fue ella la primera en hablar? En todo caso giraron (las palabras) acerca del cigarillo que ambos queriamos fumar antes o después del desayuno -su hermana permanecio en silencio- y de las heridas en mis dedos agrandadas o incurables por el humo caliente que se dispersaba en el aire (no sé cuanto fumé, pero sé que si yo traté de seguir el ritmo en que Tosten bebía cerveza y él mi ritmo de fumar, yo le llevaba una distancia considerable en mi manía, cosa que se reflejaba en sus dedos manchados por la nicotina). Incluso recuerdo el chiste que hice; mientras fumaba la última parte de la colilla me recordó que el cigarillo casi se había acabado y yo respondí (en alemán!!!!) que debía fumar toda la colilla pues había que ahorrar (ella replicó que no hacía falta ahorrar porque estabamos en Polonia después de una risa que ya no puedo recordar, a lo mejor tan cansada y melancólica como su voz). Después, pues las habitaciones eran contiguas, me ofrecio dos curitas que, a pesar de inutiles -en menos de una hora parecian más una segunda piel enferma y sucia- acepté con gusto.

La única foto restante está en el celular de Yor: vestida con una camisa absolutamente horrenda, rosada, de la peor parte de los sesenta, una canasta de mimbre como si fuera u organizara un picnic -actividad típica en ella-, una sonrisa de oreja a oreja en un su rostro extraniamente moreno, al menos para una alemana y aun más envejecida, como si la foto revelara su futuro lejano, tal vez a los cuarenta, tal vez a los cincuenta.

Si me concentro la puedo ver también comiendo un helado de chocolate desproporcionadamente grande o puedo ver su cuerpo en vestido de banio o vestida con una camisa blanca y un jean que le daban un aspecto masculino o comiendo esas sopas que vienen en vasos de plástico y que solo hay que regar con agua hirviente u ocupada sirviendo bebidas en Forsthaus con una flor en la oreja -amarilla, roja?- y su acustumbrado vestido negro.

Eso es todo.

1 comentario:

Andy dijo...

está escribiendo muchísimo edi (en sentido cualitativo)

felicitaciones, y un abrazo gigante... me hace demasiada falta.